Ojalá hubiéramos tenido todo este conocimiento cuando con tanta buena voluntad, nuestros padres y profesores nos ponían deberes extra y nos apuntaban a repasos para mejorar en aquellas asignaturas que se nos daban peor. Desgraciadamente, algunos profesores, y también muchos de nuestros empresarios continúan haciéndolo, siguen poniendo sus esfuerzos en mejorar las debilidades de nuestros alumnos y empleados, con el objetivo de que consigan el nivel mínimo necesario, aún, si ese conocimiento o habilidad en cuestión, no es imprescindible para conseguir sus metas académicas o empresariales.
El foco pues, debería estar puesto en potenciar al máximo las fortalezas y talentos de aquellos a quienes educamos, y de las personas con las que trabajamos o colaboramos. Así lo manifiestan múltiples estudios de rendimiento académico y productividad empresarial. Según Gallup, la consultora estadounidense de liderazgo y RRHH, focalizarse en desarrollar las fortalezas de nuestros empleados aporta grandes beneficios para empleadores y empleados. Los estudios ponen de manifiesto incrementos de entre el 7% y el 23% en el compromiso de los trabajadores (una variable clave en cuestiones de rendimiento), entre un 8% y un 18% de aumento de la productividad empresarial, y ni más ni menos que entre un 20% y un 73% de reducción de los conflictos laborales.
Sin duda, el desuso continuado de nuestros talentos y fortalezas, conduce a un sentimiento de apatía e inconformismo, aflorando cierta indiferencia, incluso desidia, y convirtiéndose en una gran falta de compromiso con la empresa y con las supuestas responsabilidades del puesto de trabajo. Estoy seguro que la falta de esta visión empresarial respecto a la gestión de personas ha sido una de las variables claves de hechos como la “gran dimisión”, acontecida durante los últimos meses en EEUU, cuando centenares de miles de millennials (población entre 30 y 45 años) abandonaron masivamente sus trabajos de forma totalmente voluntaria. Algo que está sucediendo también en España. El confinamiento nos dio tiempo para pensar y reflexionar, y en ese momento de restricciones e incertidumbre, mucha gente se replanteó sus objetivos laborales y vitales.
Precisamente por eso, pensando en nuestro crecimiento y felicidad, debemos hacer la introspección necesaria como para des-cubrir cuáles son nuestras fortalezas y talentos, poniendo el foco en su desarrollo a través de todas las experiencias posibles.
Según la conocida plataforma de empleo Indeed, podemos identificar tres tipos de fortalezas:
- Conocimientos o habilidades de carácter técnico: usar un software específico, hablar un idioma extranjero o ser un crack de las matemáticas.
- Las conocidas como soft skills, que sonaquellas habilidades más transversales, cómo por ejemplo, nuestras habilidades de comunicación, nuestra inteligencia emocional, nuestra capacidad de organización o nuestras destrezas en las ventas.
- Elementos de nuestra personalidad, elementos que nos hacen únicos y diferentes a cualquier otra persona. Son el resultado de nuestra historia personal, nuestra educación familiar, los viajes y culturas que hemos podido conocer, etc. Tiene que ver más con nuestras actitudes e ingenio, que con nuestras aptitudes o conocimientos.
Recuerda que los beneficios de usar proactivamente nuestras fortalezas son, al igual que nuestro potencial individual, infinitos. Entrar en el famoso estado de flow la mayor parte de nuestra jornada laboral debería ser nuestra prioridad. Mejoraría así nuestra satisfacción laboral y aumentaría nuestra productividad personal. Seriamos entonces más eficientes, complaciendo nuestro sentido de la curiosidad y saciándonos de experiencias suficientemente retadoras. Francisco Umbral decía que “el talento, en buena medida, es una cuestión de insistencia”. Pues insistamos en encontrar o crear ese empleo en que nos sintamos plenos y trabajemos para que instituciones educativas y empresas pongan a estudiantes y trabajadores, y sus necesidades de desarrollo, en el centro de sus decisiones estratégicas.
Al fin y al cabo, y me encanta la frase del actor Jose María Rodero, “el talento no es un don celestial, sino el fruto del desarrollo sistemático de unas cualidades especiales”.